Opinión| Soberbia mía

Por Marco Antonio Adame Meza

Hace unos años, siendo niño, leí entre las páginas de La Jornada una caricatura de El Fisgón sobre el presidente Zedillo que despreocupado pasaba delante de una barda en donde con letras grandes resaltaba la palabra soberanía, el entonces presidente moviendo sus gafas amusgando los ojos y de forma aliviada decía: que bueno, clarito leí Soberbia mía.

Eso es lo mismo que pienso ahora del presidente de los Estado Unidos de Norteamérica que sin amusgar la vista, más bien con firme convicción, piensa que la soberanía de su país y del resto de las naciones, se define desde su soberbia. Desde considerarse, como declaró hace unos días el presidente Lula da Silva de Brasil, el policía del mundo. 

Y es que, todas las naciones tienen desafíos, algunas más que otros, pero todos los países viven circunstancias sociales que deciden resolver desde su autodeterminación, ese es el ideal. Para un país como México, con problemas profundos como la pobreza, la desigualdad, la violencia, resulta claro entenderlos como una realidad que requiere de resoluciones, pero, esas resoluciones indudablemente deben de surgir de una determinación nacional, de los gobiernos legítimamente constituidos, de la expresión social, de sus instituciones; no de una instancia externa a la realidad nacional.

En la obra El Príncipe, Nicolás Maquiavelo define que todos los Estados son, y sólo son, dominaciones que ejercen poder en una soberanía. Esas líneas contundentes que figuran en el primer párrafo del libro, definieron de forma clara la naturaleza del Estado, es decir, de la organización política amalgamada por elementos en común como el sistema político, las reglas, las tradiciones y el territorio, la clave de todo es que el Estado lo es siempre que exista este elemento, la soberanía, es decir, la claridad de que la última palabra viene de su autodeterminación. Sin la soberanía los estados dejan de serlo, se convierten en provincias, colonias o territorio anexo a una potencia. 

En la época de Maquiavelo la definición convocaba a los pequeños territorios a desprenderse del poder que extraterritorialmente ejercía la teocracia papal desde Roma, que con vocación imperialista influía en diversos asuntos de otras naciones.

Hoy, el presidente Donald Trump pretende ordenar la problemática social de otros países, que, aunque claramente presentan desafíos, no pueden permitir la injerencia de un orden externo para su resolución, por más “buenas intenciones” que parezcan. Y no pueden porque en ese ceder, se puede perder todo. 

Déjanos tu comentario