Por Luis Enrique Leyva
La feria de Chilpancingo no es un espectáculo pasajero ni una caseta más en la lista de
eventos municipales: es un territorio de memoria. Allí se reúnen los olores —el pozole,
la pólvora recién encendida— y los gestos que sostienen una ciudad: la primera cita
adolescente, la anécdota que se cuenta de generación en generación, la comida que
se comparte con quien volvió del trabajo. Para muchos chilpancingueños la feria es un
calendario afectivo, una forma de pertenencia que enlaza lo cotidiano con lo ritual.
Esa pertenencia tiene raíces largas. La ciudad conserva tradiciones ligadas al Paseo
del Pendón y a celebraciones decembrinas que se remontan a prácticas de intercambio
y fiesta del siglo XIX; la feria no nació como una mercancía, sino como un lugar público
de encuentro y mercado que fue cambiando con los siglos hasta volverse, entre luces y
gritos y venta de baratijas, los precarios eventos que demuestran como el deterioro
avanzó sin pausa.
La feria empezó a perder brillo: mala organización, infraestructura en declive,
decisiones opacas sobre concesiones y espacios. Y el año pasado, la herida fue más
profunda. La violencia alcanzó de lleno a la organización cuando el presidente del
patronato fue asesinado durante el Teopancalaquis. Aquel hecho cimbró la feria y
contaminó el ambiente: comerciantes temerosos, visitantes dudosos y una sombra que
obligó a replantear la celebración.
Ese golpe no ha sido fácil de sanar.ñ, así como tampoco ha sido posible olvidar la
promesa del gobierno de la remodelación del recinto ferial. Pero los trabajos no
concluyeron a tiempo y, por esa razón —y quiero pensar que solo sea esa razón— hoy
se discute cambiar la sede y la fecha de la feria. No es una decisión menor. Mover unA
tradición no se parece a mover un trámite interno; implica reordenar la memoria
emocional de una ciudad. La gente tiene derecho a exigir claridad, plazos reales,
información verificable y sobre todo respeto a la herencia que ha mantenido viva esta
celebración por más de un siglo.
La feria no puede seguir atrapada entre el abandono, la improvisación y el miedo. Su
futuro exige una estrategia seria: infraestructura digna, seguridad sin convertir el
espacio en un cuartel, reglas claras de participación, revisión de concesiones,
mantenimiento permanente y un plan cultural que recupere su esencia. La respuesta no
debe ser autoritaria ni vertical, pero tampoco puede basarse en el silencio burocrático.
La feria necesita diálogo, transparencia y decisiones que se expliquen, se discutan y se
acuerden con la comunidad.
Porque la feria pertenece a la gente: a los comerciantes que viven de ella, a las familias
que la esperan año tras año, a los músicos que la llenan de sonido, a quienes crecieron
entre sus luces y sus puestos. No puede ni debe definirse entre unos cuantos, sin
rendir cuentas ni escuchar a quienes la sostienen desde hace generaciones.
Chilpancingo merece una feria renovada, segura y respetuosa de su historia. No una
feria desplazada por la premura, ni una tradición alterada por la improvisación. Si el
recinto aún no está listo, la pregunta no es “¿dónde la hacemos?”, sino “¿cómo
garantizamos que la decisión preserve la memoria y el derecho cultural de la ciudad?”.
Porque aquí, perder la feria no es perder un evento: es desprendernos de una parte de
nosotros mismos. Y eso —en una ciudad que ya ha sufrido demasiadas fracturas— no
podemos permitirlo.

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