Opinión| La sucesión que ya comenzó

Por Luis Enrique Leyva

Morena encendió formalmente el reloj político rumbo a 2027. Este sábado el partido dio a conocer el calendario de lo que denomina “Coordinadores de los Comités de Defensa de la Transformación”, una fórmula semántica que en la práctica anticipa a quienes serán sus candidatos.

Las fechas marcan la ruta del poder: 22 de junio para la coordinación estatal —es decir, la candidatura a la gubernatura—; 3 de agosto para las diputaciones federales; 21 de septiembre para las alcaldías; y 8 de noviembre para las diputaciones locales. Con ello, Morena no solo organiza su proceso interno; también fija el ritmo político del estado.

Pero en Guerrero, el tiempo político no se mide por el calendario, sino en el calor de la política local, de ahí que, el verdadero análisis no reside en las fechas, sino en el lenguaje de las presencias y ausencias del escenario electoral.

Lo curioso es que la verdadera incógnita no parece ser la candidatura a la gubernatura.

En Guerrero las señales se han ido acumulando con demasiada claridad. La narrativa nacional contra el nepotismo y la obligatoriedad de la paridad horizontal han dejado de ser meras directrices éticas para convertirse en herramientas de exclusión política. En este tablero, figuras que históricamente han gravitado en el centro del sistema ven sus márgenes de maniobra reducidos ante una doctrina que prioriza la institucionalización sobre el carisma territorial. Si la sucesión familiar se vuelve inviable por decreto moral, el vacío resultante reorganiza toda la cadena del poder guerrerense.

Si a eso se agrega el nombramiento de Esthela Damián como Consejera Jurídica de la Presidencia en diciembre pasado, una decisión que la aleja del tablero electoral local, el escenario termina de aclararse.

En este escenario de exclusiones estratégicas, el ascenso de perfiles como Beatriz Mojica Murga no parece ser fruto del azar, sino de una carambola geopolítica. No obstante, la «naturalidad» de una candidatura es un espejismo peligroso en una entidad donde el control del territorio pesa más que la bendición de las encuestas. La batalla real no será contra la oposición, sino en la gestión del resentimiento de las estructuras desplazadas. Un grupo gobernante que ve acotada su capacidad de heredar el mando suele reaccionar buscando refugio en las diputaciones y alcaldías, tensionando la unidad del bloque oficialista.

A este complejo ecosistema se suma la fragilidad de las alianzas. El PT y el PVEM, satélites habituales, enfrentan el dilema de la autonomía: sin el arrastre gravitacional de Morena, su fuerza es testimonial. Si la hegemonía decide competir en solitario para consolidar un mando centralizado, Guerrero vivirá una purga interna disfrazada de renovación.

El calendario ya está sobre la mesa, pero en la tierra de las montañas indómitas, el poder no se hereda por fechas, sino por la capacidad de someter al caos a una nueva disciplina. 2027 ha comenzado, y su primera víctima es la certidumbre.

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