Por Luis Enrique Leyva
La Montaña de Guerrero, una de las regiones con mayor riqueza cultural y al mismo tiempo con mayores índices de marginación en el país, vive cada temporada de lluvias con la misma pregunta amarga: ¿será este el año en que las aguas se lo lleven todo?
El reciente desbordamiento en Xalpatláhuac, que dejó autos atrapados y calles convertidas en torrentes, no es un episodio aislado, sino una postal repetida en Tlapa, Metlatónoc, Malinaltepec, Copanatoyac y tantos otros municipios donde la naturaleza y el abandono institucional se encuentran en una peligrosa alianza.
En Xalpatláhuac, la crecida fue súbita. Vecinos pidieron auxilio urgente a Protección Civil, y aunque las brigadas llegaron, su intervención fue limitada por la falta de equipo y vías de acceso. En otras comunidades, el drama ni siquiera llegó a las redes sociales: casas de adobe derrumbadas, cultivos de maíz arrasados, caminos cortados. Allí, la emergencia no es noticia, es rutina.
El problema no se reduce a la fuerza de la lluvia. Es estructural. Las carreteras que comunican a la Montaña —estrechas, erosionadas, a menudo bloqueadas por deslaves— son la metáfora perfecta de un sistema que reacciona pero no previene. Los proyectos de infraestructura hídrica y drenaje se anuncian cada sexenio, pero rara vez se materializan con la profundidad técnica que la geografía exige. El resultado es un círculo vicioso: la comunidad reconstruye con sus propios medios lo que la naturaleza destruye, y al año siguiente, la escena se repite.
En el discurso oficial, la prioridad es atender la emergencia. Pero en la práctica, esto significa enviar despensas y colchonetas, no obras hidráulicas ni planes de gestión de riesgos adaptados al cambio climático. La Montaña necesita un enfoque radicalmente distinto: no un catálogo de apoyos paliativos, sino una estrategia integral que vincule ingeniería, planeación urbana y fortalecimiento comunitario.
Si algo deja claro la última tormenta es que el cambio climático ya no es una amenaza abstracta, sino una fuerza que erosiona las bases materiales y sociales de comunidades enteras. Y en la Montaña, donde la pobreza y el aislamiento ya son condiciones extremas, el clima actúa como un multiplicador de injusticias.
La pregunta no es si lloverá más fuerte el próximo año. La pregunta es si para entonces habremos aprendido algo más que a lamentar los daños.

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